Por / 10th octubre, 2013 / Noticias / Sin comentarios

Historias, mitos y leyendas de un territorio de frontera

Cuentan los hombres más viejos de nuestro pueblo que, cuando Albohacén de Granada violó los tratados de paz que había establecidos entre moros y cristianos, se rompió algo muy rico que había existido sólo en España; la concordia y benignidad, el amor y las buenas relaciones entre tres religiones: judíos, moros y cristianos. Caso insólito en la Europa del medioevo.

Entre los caballeros que persiguieron a los moros hasta las mismas fronteras de sus reinos, se encontraban trece peregrinos de remotas tierras. Ellos afirmaban que eran caballeros solitarios que se habían reunido, por avatares circunstanciales de la vida, en la adoración y veneración del Santo Sepulcro de Jerusalén. Nadie conocía lo más profundo de sus pensamientos. Había quien sustentaba la opinión de que eran Caballeros del Templo, que conservaban, en el anonimato y el secreto, todo el misterio y arcano de aquella Orden. Pero ningún cristiano osaría profundizar en el corazón de aquellos varones que, por enseñas y blasones de su vida, tenían el amor de Dios y la ayuda de los demás.

¿Quién osaría arrastrar, hasta el tribunal de Dios a aquellos bravos soldados incansables, siempre dispuestos al sacrificio y a la lucha, a ayudar al necesitado y socorrer a las mujeres? ¿Quien podría ver en ellos a los estigmatizados por Reyes Cristianos y por los Papas, acusados de brujos y de tener relaciones con los malditos del averno? En sus ojos estaba la limpieza cristalina de los manantiales de la montaña, la claridad de los cielos, la serenidad de los lagos azules y los murmurios de las lejanas olas del mar. En sus obras, la osadía mística de los héroes; en sus almas, la pureza de las doncellas; en sus brazos, la fortaleza de los dioses del Olimpo.

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Con todo, algo los mantenía alejados de sus vecinos. Sólo los niños corrían hasta ellos, para escuchar, de sus voces suaves, expediciones militares casi suicidas, en las que siempre resplandecía una cruz de doble brazo, de madera, pobre, sencilla, y una media luna de destellos refulgentes que, al final de las batallas, quedaba cubierta de barro y pisoteada por los caballos y soldados cristianos.

Una tarde, un niño, con la inocencia e ingenuidad propias de la infancia, preguntó: ¿es la misma Cruz nuestra esa de que tanto hablas?. Otro niño ya mayorcito, le respondió burlándose de él: La nuestra no puede ser, porque el caballero nos está hablando de batallas celebradas lejos de aquí.

Un tercero replicó:

Pero nuestra Cruz siempre ha estado en Caravaca.

Antes estuvo en Jerusalén y era el Pectoral del Patriarca Roberto.

El primer niño que había hablado preguntó: ¿Y qué es un pectoral?

El segundo aclaró:

Es la Cruz que llevan en el pecho los Obispos. Pero la nuestra siempre ha estado aquí, añadió, oponiéndose a lo que había afirmado el tercero.

Para evitar la discusión, habló el caballero: No es enfadéis unos con otros. Nadie posee la verdad completa. Los hombres caminan por la vida en busca de la verdad sin saber qué es. La vida es más fantástica y hermosa que cualquier cuento… Esa Cruz que adoramos en el Santuario de Caravaca es la misma que utilizaba como Pectoral el Patriarca Roberto de Jerusalén. Por esa Cruz se han celebrado cien batallas y otras tantas se han ganado. Muchos hombres han dado su vida por ella y otros muchos estamos dispuestos a sacrificar hasta la última gota de nuestra sangre para protegerla… Es más maravilloso saber que representa la protección de Dios a nuestro pueblo que conocer cómo vino hasta nosotros. De cualquier forma, el estar entre nosotros es una prueba de los milagros y del amor de Dios. Que los ángeles la trajeran es maravilloso; que todavía esté en Caravaca, después de tantas persecuciones, infidelidades, herejías y venganzas, es más maravilloso aún. Que se convirtieran los moros de Caravaca es maravilloso; que hoy, por la Cruz, se unan los enemigos y desaparezcan los odios, para luchar contra los enemigos de la religión o para continuar la unión que Cristo pidió a quienes quieren seguirle, es más maravilloso. Tiempo vendrá en que Caravaca llore su ausencia; porque dentro de muchísimos años, Caravaca perderá su Reliquia más hermosa que tuvo jamás, y todas las lágrimas que derrame no serán suficientes para que aparezca. Sólo el Papa le devolverá el regalo que le hicieron los cielos.

Los ojos del caballero se entristecieron y empañaron de lágrimas al profetizar tal desgracia. Los niños, a pesar de sus pocos años, sufrieron un terrible sobresalto y quedaron sin palabras. Al contemplar su asombro, el caballero les animó:

No os preocupéis. Nunca el futuro ha estado ni estará en manos de los hombres. Sólo el presente es nuestro. Hagamos lo que podamos para que la Cruz no sufra ningún daño. Así seremos inocentes y, además, nuestra actuación servirá de ejemplo.

Desde aquel día, siempre la Cruz estuvo guardada por la vigilancia de uno de los caballeros que no tenía nombre y cuyo origen y ascendencia eran desconocidos. Cualquiera que fuera la hora de su guardia, sus ojos estaban abiertos y sus armas dispuestas. Ni el cansancio ni el hambre ni la sed consiguieron que aquellos valientes abandonaran el puesto y la obligación que se habían impuesto…

…Así pasaron los años…Los caballeros, que habían llegado jóvenes a Caravaca desde remotas tierras, peinaban canas y los niños que se sentaban en sus rodillas eran soldados de los ejércitos del Rey. Con frecuencia, los mismos habitantes de Caravaca se burlaban de los “guardianes de la Cruz”, porque la defendían de los infieles…que no existían.

Los caballeros conservaban el silencio. Sólo uno de ellos dijo en una ocasión: ! Día llegará en que lloraréis por lo que hoy os hace reir! y volvió a su mutismo.

Cuando Albohacén de Granada violó las treguas firmadas con los Reyes de Castilla, la ciudad de Cieza fué asolada por los musulmanes; muchos de sus habitantes, pasados a cuchillo; otros, la mayor parte, encadenados como esclavos…

Los cristianos improvisaron un ejército de Murcia, Lorca, Moratalla y Caravaca. Persiguieron a los moros hasta los campos fronterizos de “Cañada de la Cruz”. Allí, una vez más en la historia, la Cruz venció. Los Guardianes de aquella fueron auténticos héroes de la batalla… hasta que la misma Cruz deslumbró a los sarracenos con sus propios resplandores. Rayos luminosos descendían del emblema de Cristo hasta los cascos de aquellos trece valientes soldados. Eran trece rayos qu elos aureolaban con suavidad, iluminando unos ojos que hablaban de amor, en medio de la burla de la sangre y el fragor de la lucha.

Eran los tiempos que corrian…

Tras la victoria, los cristianos se encaminaron al Santuario de la Cruz. Dieron gracias por la ayuda divina y regresaron a sus casas. Sólo se quedaron en el Santuario los trece caballeros desconocidos. El agotamiento y el cansancio de las últimas jornadas hicieron que se durmieran alrededor de la Cruz….

A la mañana siguiente, cuando los caravaqueños penetraron en el recinto sagrado, los trece caballeros continuaban dormidos… No se despertaron… Hombres y mujeres descubrieron con asombre que, entre el metal de los cascos, habían florecido rosas y claveles… Los caballeros desconocidos estaban dormidos para siempre… En la ciudad de la Cruz, se comenzó a hablas de “Los Caballeros de los Cascos Floridos”.

Hoy, joven que no conoces esta leyenda, aunque los viejos la recuerdan, te la cuento para que la grabes en tu corazón. En ella se encuentra el origen de los trajes que llevan los hombres que siempre van vestidos con trajes ancestrales al lado de la Cruz. Es la leyenda que explica la realidad actual de “Los armaos”.

Autor: Juan Manuel Villanueva Fernández.

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