Corre el año 1808. Napoleón llega a Madrid con sus tropas con el pretexto de pasar a Portugal.  El ejército napoleónico comete toda clase de robos sacrílegos y vejaciones… El capellán del Santuario teme que la Cruz, el gran tesoro de Caravaca, puede ser una atracción demasiado grande para sus actuaciones impías. Es necesario salvarla.

El sacerdote reflexiona… La primera determinación, pasajera hasta que se encuentre la solución definitiva es que, a todas horas, dos hombres armados permanecerán en continua vigilancia dentro del Santuario… Así se hace… y los días transcurren tranquilos… a pesar de que los abusos del ejército napoleónico aumentan sin cesar.

Caravaca comienza a temblar. Sus habitantes están decididos a morir defendiendo la Santísima Cruz, pero saben que su defensa será insuficiente ante las inconmensurables fuerzas de unos generales que no han conocido la derrota en los campos de Europa ante los mayores ejércitos.

El sacerdote rumia una idea en su interior… Lo mejor es dejar que la reliquia desaparezca… Para que no haya posibilidad de robo sacrílego ni de que la rompan… ¡hay que cambiarla!

Marina SanjuánLos días transcurren intranquilos… Y el guardián de las astillas del Santo Madero de nuestra Redención encuentra la solución. Sólo la comunica al Regidor y a un maestro carpintero. Tras una detenida conversación en el Santuario, el Capellán abre el Sagrario… Regidor y carpintero están postrados de hinojos… Una caja de plata abre sus puertas cinceladas… y el bendito Relicario, abierto a continuación, descubre los pequeños trozos de madera.

-Juan –dice el sacerdote- graba en tu mente hasta los más pequeños detalles de estas santas astillas. Busca por doquier una madera vieja como ésta y haz una Cruz como la que contemplan tus ojos. Y jura ante Dios, que ve el corazón del hombre, que a nadie, ni a tu propia esposa, dirás lo que vas a hacer hasta que pase el peligro.

-Lo juro –afirma con decisión el carpintero-.

-Y vos, Corregidor, ¿juráis ante Dios, dueño único de la vida del hombre, no comunicar a nadie lo que vamos a hacer y que sólo nosotros conocemos?

-Lo juro.

El carpintero busca y al final encuentra, entre las vigas destrozadas de una casa derruida, la madera que anda buscando.

Por fin la Cruz está hecha… De nuevo se reúnen los tres hombres… Y el sacerdote les dice:

-Ahora mismo, delante de vosotros, voy a cambiar esta Cruz por la Sagrada Reliquia. A continuación recorreré todos los conventos de Caravaca. Pero juradme que no me seguiréis ni preguntaréis en ninguno de los conventos si he depositado algo allí… Sólo en el caso de que yo muera o desaparezca, podréis hacer uso de este secreto. Y lo haréis al Sr. Obispo, después de que haya pasado el peligro que nos acecha. ¿Lo juráis?

-Sí, lo juro –responde cada uno de los hombres.

En aquel mismo momento se hizo el cambio y el sacerdote se llevó la Reliquia.

 

caravaca-nocturnaAño 1814. Napoleón ha perdido las llaves del imperio. Más tarde morirá agotado por la nostalgia, lejos de sus amigos y en la añoranza triste de sus pasadas victorias.

Durante más de seis años, un ramillete de vírgenes adora, sin saberlo, la vieja Cruz-Pectoral del Patriarca Roberto de Jerusalén. El Primado de España, con el máximo sigilo, ha traído de Roma una reproducción exacta de la Reliquia del Santuario de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca. Lo único que se exige es el silencio. Nadie debe conocer el secreto, pues, si éste se violara, automáticamente perderían la posesión de tan maravilloso regalo.

Entretanto los países de Europa se ven envueltos en la destrucción y la muerte. También en Caravaca cometerán ciertas tropelías los soldados napoleónicos en las distintas incursiones que hacen a la ciudad de la Cruz.

Pero la paz volvió. El peligro pasó y el pueblo de Caravaca, en el alborozo de un nuevo mes de mayo, recibió la noticia de que todos los temores padecidos a causa de la Cruz habían carecido de fundamento: la verdadera Reliquia de doble brazo había estado protegida en el reducto sagrado de las religiosas carmelitas. Lo que había venerado durante aquellos largos años de contienda militar había sido una simple reproducción, bendecida por las manos sagradas del sacerdote guardián.VERA CRUZ DE CARAVACA

Tras estos acontecimientos, las religiosas rogaron que les concedieran la gracia de conservar, entre los muros del convento teresiano, la reproducción que habían besado tantas veces los caravaqueños. Por eso, desde entonces, las religiosas carmelitas de Caravaca conservan, tras las sagradas rejas de su clausura, la única auténtica reproducción de la Cruz del Patriarca Roberto de Jerusalén, bendecida por las manos sagradas de un buen guardián y por los besos de muchos caravaqueños que, en ella, adoraron el símbolo de nuestra sacrosanta religión.

 

Fuente: “Leyendas de Caravaca y Moratalla” Juan Manuel Villanueva Fernández.

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